18 agosto 2015

camiño primitivo de Santiago en bici, xullo 2015

En primer lugar quiero dejar constancia de que este relato no tiene pretensiones de ser una guía detallada para quien pretenda seguir el camino primitivo desde Oviedo a Santiago en bicicleta, en realidad yo ni siquiera llegue a Santiago. Si esa es tu intención, te recomiendo que visites la página caminoprimitivoenbtt, que yo utilicé como referencia, en la que encontrarás información muy precisa para hacer el camino con éxito.
Deberíamos haber sido tres, pero por circunstancias adversas, finalmente hice el recorrido yo solo. Una pena porque mis compañeros habrían disfrutado, y sufrido, mucho durante todo el recorrido.


La ruta

Como se repite en todos los foros coincido en que no es una ruta pensada para la bicicleta, ya no por la dureza de las múltiples pendientes, que la tiene y mucha, sino también por el firme, con muchas piedras sueltas y obstáculos en el camino, lo que que hace que muchas veces haya que tirar de la bici. Pero, con un mínimo de forma física y de técnica sobre la bici se puede hacer, y son muchos los momentos de disfrute, además de gozar de maravillosos paisajes.

Eso sí, no esperes hacer etapas muy largas. Yo hice una media en movimiento de unos 8 km/h en las 3 primeras etapas, 10 km/h en la cuarta y 12 km/h en la última.

Qué llevar

Esto era algo que a mí me preocupaba y después de leer varias opiniones en distintos foros me decidí por llevar lo mínimo posible. Este es el material que yo llevé:

Material de bicicleta
Bicicleta TREK 4300, con suspensión delantera
Bombín
2 cámaras antipinchazos
Neumático trasero antipinchazos, armadillo, de Specialized
Neumático delantero BONTRAGER
1 cámara antipinchazos de repuesto
Parches, pegamento y útiles para desmontar una rueda
Un juego de llaves allen y fijas
2 alforjas TREK traseras
1 alforja de manillar
Cuentakilómetros

Ropa de ciclismo
2 camisetas de manga corta Decathlon
1 camiseta de manga larga Decathlon
1 chaqueta cortavientos Canondale
1 culotte corto Orbea
1 culotte corto Lidl
1 malla larga Decathlon
1 chubasquero Decathlon
2 pares calcetines
1 par zapatillas de ciclismo Decathlon
Gafas de ciclismo
Guantes de bicicleta
Casco

Ropa de calle
1 camiseta de manga corta
1 camiseta de manga larga
1 pantalón desmontable
1 par zapatos trekking
1 par sandalias

Otros
gps GARMIN etrex Vista HCX
Móvil
Máquina de fotos
1 navaja
Elementos básicos de aseo
1 toalla de secado rápido
1 sábana-saco (puede valer una funda de edredón)
Agua (dos botes de 1/2 l y una botella de 1'5 l)

Todo lo que llevaba, salvo las mallas, lo he usado en algún momento y no ha habido nada que haya echado de menos. Dudé si llevar algún tipo de cadena para la bici pero finalmente decidí que la mejor protección era tenerla siempre conmigo o guardada y así lo hice en todo momento. Quizás no hubiese necesitado llevar tanta agua puesto que hay fuentes con relativa frecuencia o lugares donde conseguir agua pero preferí hacerlo así. Lo que sí hice fue reponer con agua fresca en cada fuente que me encontraba.

Itinerario

Etapa 1. Lunes, 20
Ovieu - Salas. 51 km 
Etapa 2. Martes, 21
Salas - Pola de Allande. 49 km
Etapa 3. Miércoles,22
Pola de Allande - Castro (Grandas de Salime). 49 km
Etapa 4. Jueves, 23
Castro - Lugo. 82 km
Etapa 5. Viernes, 24
Lugo - Friol. 25 km

Presupuesto

  concepto  importe
Bus Lugo - Ovieu 
   32 €
Alojamiento (3 noches)
   70 €
Comida
  80 €
Otros
  18 €
TOTAL
200 €


En marcha

Lunes, 20 de julio. Etapa 1: Oviedo - Salas, 51 km (6h 30min)


Pasaban unos minutos de las 11 cuando el autobús, procedente de Lugo, llegó a Oviedo. Después de algunas compras de última hora (unas pilas, unas gafas, algo para comer en el camino…), a las 12:15 salía de la plaza enfrente a la catedral.


Tuve alguna dificultad para localizar las primeras indicaciones y en realidad salí de la ciudad preguntando varias veces. Cuando encontré el primer mojón con la vieira, ya fuera de la ciudad, era casi la 1. Abandonaba por primera vez el asfalto y pronto comenzaría la primera subida que va ganando en dificultad. Llevaba recorridos unos 13 km cuando en pleno ascenso al alto de El Escamplero (1’5 km con una pendiente media del 9%) la bici patinó y tuve que poner pie a tierra por primera vez, algunos tramos de 100 a 200 m con pendientes del 13% o del 17% eran un aviso de lo que me esperaba. En esta ocasión conseguí remontar la marcha y, con mucho esfuerzo, coronar el alto. 


Siguen luego continuas subidas y bajadas, en muchos casos por pistas con mucha piedra y raíces que me obligan de nuevo a echar pie a tierra en más de una ocasión. Al llegar a la ermita de la Virgen de Fátima, en Valsera, por asfalto y con buen firme, se inicia un pronunciado descenso que mis piernas agradecieron y me deje caer sin pensarlo, pero cuando llevaba más de 1 km y ví que al fondo la carretera repicaba con fuerza comprobé en el gps que había dejado atrás el desvío y con resignación comencé a subir lo que tan poco tiempo me había llevado bajar. En pleno ascenso, un coche que bajaba, consciente de mi error, se paró para indicarme el desvío correcto, y ya llegando a la ermita otro conductor redujo su marcha para animarme en la subida mientras me adelantaba. El respeto hacia los ciclistas por parte de los conductores sería una constante en todo el camino, parándose detrás si era necesario o separándose de forma prudencial para adelantar. El trayecto continúa de forma más relajada y me paro de vez en cuando para tomar alguna foto. 


Cuando llegué a Grado eran las 15:30. Allí  me senté, con muchas ganas, en la terraza del café Exprés. Una cerveza y un pincho de tortilla junto con el bocata que yo llevaba me ayudaron a coger fuerzas para continuar. Antes, el dueño del bar me rellenó las botellas de agua poniendo varios cubitos de hielo en cada una para que se mantuviese más fresca.
Comenzaba a hacer calor cuando salí del pueblo para iniciar una subida que va ganando en dificultad hasta llegar a un terrible repecho de unos 400 m con una pendiente del 13%, que en los últimos metros pierde el asfalto para convertirse en una pista de tierra. Después sigue un tramo más relajado aunque de nuevo la pendiente se endurece hasta llegar al alto del Fresno, pero el firme no es malo y eso ayuda a suavizar la dificultad hasta el punto de que una vez alcanzado el desvío que debería tomar me permito continuar subiendo unos 300 m más para llegar a la ermita, desde donde se disfruta de una estupenda panorámica. 


La bajada posterior por un camino con muchas piedras sueltas no está exenta de dificultad pero sabe a gloria después del esfuerzo de la subida.



Posteriormente el firme mejora pasando por algunas aldeas con cierto encanto, especialmente San Marcelo, allí en una fuente con un agua muy fresca y buenísima compartí unos minutos con un caminante navarro, Jose, y también con una vecina que nos explicó algunos detalle de la ruta, además de darnos ánimos. Poco después está la ermita de Santa Eulalia de Dóriga y justo enfrente el chigre Ca Pacita, un lugar de parada para muchos caminantes.
















Pronto se inica una bajada que presenta algunos momentos de cierta dificultad en donde perdí uno de los calapiés aunque conseguí encontrarlo, el único incidente que tuve con la bici. Mientras lo buscaba, Jose me adelantó, vaya ritmo, pensé.. y al poco le adelanté de nuevo.











Al pasar Cornellana me despisté y continué por la carretera bordeando el río Nonaya ...





... pero después de varios minutos me pareció que era demasiado asfalto y comprobé en el gps que había abandonado el camino así que en la primera oportunidad lo recuperé, disfrutando por unos momentos de un cómodo trayecto siempre próximo al río, aunque todavía quedaban dos o tres fuertes repechos que me obligarían por momentos en poner pie a tierra.
















Eran las 7 de la tarde cuando, tras 50 km de camino, llegué a Salas. Es un pueblo atractivo, en el que destaca el castillo de Valdés, actualmente convertido en hotel. La habitación costaba 64€ y me decidí por el albergue privado “La Campa de Miguel”, justo al lado, sencillo, pero con buen ambiente y una exquisita  amabilidad por parte de Miguel. Por 10€, ofrece cama en iteras, con sábanas desechables y mantas, con la posibilidad de utilizar la lavadora sin coste.


 









Con el traqueteo del camino se perdieron los tornillos de uno de los calapiés que fuí a buscar a una de las ferreterías del pueblo. Con las prisas, puesto que estaban a punto de cerrar, me olvidé el dinero en el albergue. Realmente era poco dinero, pero le hice perder un buen rato de tiempo cuando ya iba a cerrar, y la dueña se negó rotundamente a que volviese para pagarle.
El restaurante del hotel Castillo de Valdés ofrece un menú del peregrino muy completo por 10€, con aperitivo, 2 platos, postre y bebida, servido en un patio muy agradable.



Martes, 21 de julio. Etapa 2: Salas - Pola de Allande, 49 km (8h)



Aunque de forma discreta, a las 6 de la mañana empieza a haber movimiento en el albergue. Aguanté un rato en la cama y -aunque el albergue permite desayunar allí ofreciendo algo de fruta, bollería, café.. a cambio de la voluntad- preferí irme al bar La Luciana, y allí estaba a las 7:30, donde había mucho movimiento de trabajadores y peregrinos. Por 5€  me sirvieron un buen desayuno, con un par de estupendas tostadas con tomate ya triturado y aceite, además de un bocadillo para el camino. Cuando lo recojo veo que hay otro pequeño bocadillo y un plátano, junto al mío, regalo de la casa. Realmente el trato recibido fue amabilísimo en todas partes.












Había bastante niebla y un orballo persistente cuando comencé el camino, poco antes de las 8. Un principio suave por un bonito camino que se adentra en el bosque pero que pronto empieza a complicarse con subidas que van aumentando su pendiente hasta que después de una curva me encuentro con una subida pavorosa y, aunque intenté atacarla, a los pocos metros la bici resbaló en una piedra teniendo que poner pie a tierra y ya no fui capaz de volver a subir por lo que tocó tirar de ella un buen rato, hasta llegar a una carretera de asfalto. Esto permite un respiro aunque por muy poco tiempo ya que pronto se abandona para comenzar de nuevo una subida interminable por una pista de tierra, aunque en esta ocasión conseguí llegar sin bajarme. Cuando se llega de nuevo a un tramo asfaltado a lo lejos se ve un repechón que asusta, pero, afortunadamente, al llegar al inicio del repecho la flecha amarilla indica seguir por un llano, lo que supone un gran alivio. Pero todavía habría que seguir subiendo hasta el alto de la Espina.



A partir de aquí sigue un tramo de gran dificultad con continuas subidas y bajadas, con repechos muy fuertes, piedras sueltas que empiezan a estar húmedas y, aunque no mucho, también algo de barro. Son más de 15 km, hasta llegar a la localidad de Tineo (700m).


Antes de entrar en el pueblo hay un pequeño paseo, totalmente llano, que se disfruta con ganas, apetece volver atrás para hacerlo de nuevo antes de ir cuesta abajo por las calles del pueblo. En esta zona, como a lo largo de todo el camino, son visibles algunas flechas amarillas muy particulares que alguien dejó a lo largo de todo el camino hace un par de años lo que provocó cierta polémica que se recogió en los periódicos gallegos.




Allí, un trabajador de la limpieza se paró a charlar conmigo y  me indica el camino que seguir, recomendándome visitar el monasterio de  Obona. Me dijo también que la subida hasta el alto de Piedratecha (890m) no presentaba gran dificultad, lo que me animó en el inicio de la subida. Poco después, en un pequeño llano una fuente invitaba a un alto y allí aproveché para reponer fuerzas con el bocata y el plátano, regalo de la señora del bar La Luciana, además de una barrita reconstituyente. Mientras me daba el festín una persona que llegó a coger agua en grandes garrafas insistió en que la subida era sencilla y que ya había hecho lo más difícil. El refrigerio y los ánimos redoblados me hicieron salir decidido a por el alto.





Todo bien durante 2 o 3 km pero de pronto el camino se encabrita, empiezan a aparecer piedras sueltas y tuve que subir el último kilómetro tirando de la bici, mientras pensaba que mis informantes eran muy optimistas...


Una vez arriba el descenso se inicia por una pista de asfalto que permite disfrutar durante unos minutos sin preocupaciones. Pronto se adentra en un precioso bosque de robles y castaños, por el que continúa el pronunciado descenso, que hay que hacer con mucha precaución.

video

Se llega así a un desvío que indica el camino al monasterio de Obona. Son 500 m de bajada que luego habría que subir pero me animé a hacer la visita. El monasterio data del siglo XVII, aunque la iglesia es del siglo XIII. Aquí se encontró la más antigua referencia a la sidra, pues en un documento de la época se hacía constar que los siervos deberían recibir "sicere si potest ese" (si fuera posible). El cenobio fue un importante hito en la ruta jacobea, aquí recibían auxilio los peregrinos, incluso el ey Alfonso IX, en el siglo XIII, despachaba y firmaba documentos en este monasterio como en el que amenazaba a todo aquel peregrino que osara a desviarse de Obona. Bueno, yo me he librado...
Aunque estaba cerrado, el lugar tiene mucho encanto y bien mereció la pena el pequeño desvío, aunque ahora tocaba subir lo bajado, pero fue menos de lo que parecía.















Al rato se retoma el asfalto y así llegué a Campiellos, cerca de las 2 de la tarde. Casa Herminia ofrece una apetecible terraza y aunque no tenía intención de parar allí, finalmente hice un alto y me tomé una 1906 que me supo a gloria, acompañada de un trozo de empanada que no estaba a la altura. Por suerte tenía mi bocata y me animé con una sidra que te sirven con su propio artilugio automático para escanciarla. 
Solo sirven botellas enteras, lo que me parecía excesivo, pero Herminia me animó a probarla (al fin y al cabo solo son 3 €, me dijo) y mis vecinos de mesa me ayudaron a terminarla. Me sentó bien el ratito que estuve allí sentado pero poco a poco todo se cubrió de una espesa niebla y se puso a llover con cierta intensidad y comencé a sentir frío, así que tuve que ponerme la camiseta de manga larga y el chubasquero; y cuando entré a pagar vi un cartelito que anunciaba “taza de caldo casero”, pedí uno pero me dijeron que era solo en invierno (lo que no parecía una explicación muy convincente con el día que hacía) pero me ofrecieron una taza de sopa de cocido calentita que me sentó estupendamente.
Al salir a la carretera apenas se veía nada y, a pesar de la sopa, por primera vez comencé a sentir algo de frío. Afortunadamente, poco después se abandona el asfalto y se entra en una zona boscosa donde el frío remitió y también se aclaró la niebla.























La siguiente dificultad era el alto de Lavadoira (816m). Se inicia por una carretera asfaltada sin excesivos problemas pero el camino no lleva a la cima siguiendo el perfil de esa carretera sino que de pronto la abandona con un fortísimo repecho que sube durante un buen tramo para volver de nuevo a la carretera, besarla y abandonarla de nuevo, ahora en un brusco descenso.














Es un tramo muy duro, de besos al asfalto y despedidas inmediatas con pendientes bestiales y repechos de incorporación a la carretera que superan el 25%. Por supuesto que en más de una ocasión tuve que tirar de la bici y hacer las bajadas con suma precaución. En este tramo me encontré con Jose de nuevo y me quedé alucinado, llevaba 40 km a un ritmo de 5 km/h.. Al llegar a la carretera por tercera vez daba ganas de convertir el fugaz beso en un morreo apasionado y fundirse con la carretera hasta Pola.


Pero llegué al alto, a solo 4 km del pueblo, y desde allí me dejé caer por una pendiente a lo bestia para descender desde los 816 m hasta los 560 de Pola de Allande.


No deja de tener dificultad pero agradecí la ausencia de subidas, aunque en los últimos metros tuve que bajar de la bici porque había grandes piedras en el camino que en más de una ocasión estuvieron a punto de hacerme caer. A las 4 de la tarde estaba en el albergue público pero me pareció un poco cutre y dudaba si quedarme cuando llegó el hospitalero haciendo gala de una ausencia total de amabilidad. Acabé de decidirme por marchar cuando todo lo que me ofreció para guardar la bici fue dejarla apoyada en la pared exterior del edificio, en una especie de patio, pero abierto al exterior, sin protección alguna, aduciendo que allí solamente entraba la guardia civil…

Finalmente me alojé en el Hostal Nueva Allandesa, por 30€, en una habitación sencilla, pero limpia y con una buena ducha, con el desayuno incluido y permitiéndome guardar la bici a buen recaudo, lo que hice después de limpiarla de barro con una manguera de agua en la gasolinera. Fueron 50 km y 4.500 Kcalorías en un intenso día de bicicleta. 
Pola no tiene un atractivo especial más allá de algún edificio singular en el entorno del río.

  



Después de un pequeño descanso, un paseo por el pueblo y estudiar la ruta del día siguiente, recuperé algunas calorías con la cena en el restaurante del hotel: unas buenas croquetas y una exquisita fabada, acompañada de sidra y su correspondiente escanciador, por 20€.


Miércoles, 22 de julio. Etapa 3: Pola de Allande - Castro (Grandas de Salime), 49 km (8h)






El desayuno se sirve en la cafetería del hotel, muy animado con peregrinos, y aunque había muchas cosas todo era malo, solo una selección de bollería industrial.
A las 8 de la mañana estoy ya en la bici iniciando la ascensión al puerto del Palo, el plato fuerte del día, 12 km de subida ininterrumpida para ir desde los 560 m hasta los 1.048m. No son pendientes excesivamente duras (tiene una pendiente media de poco más del 5%) pero son muchos kilómetros. A partir del sexto la niebla lo invade todo y solo hay 50 m de visibilidad.


Por momentos la cabeza empieza a pedir un descanso pero las piernas dicen que no, algo que se repetiría con más fuerza un rato más tarde. Recordé entonces las películas que se montan mis monitores de spinning con los finales apoteósicos ("la gente se agolpa en la  cunetas, haciendo un pasillo cada vez más cerrado hasta el punto de que apenas cabe tu bicicleta, animándote sin cesar hasta que ya ves la pancarta anunciando el último kilómetro, no te sigue nadie, y en la cima se adivina la línea de meta y...."), pero en las cunetas no había nadie, no vi a ninguna persona a lo largo de toda la subida y ni media docena de coches y la niebla impedía ver cualquier pancarta. Pero poco a poco la cima se iba acercando y a las 9:15 pude distinguir el cartel que anunciaba el fin del puerto.


Me bajé para hacer una foto pero comenzaba a llover y hacía frío, por lo que enseguida dejé la carretera para iniciar el descenso por el camino, muy difícil y peligroso. De hecho aquí tuve la única caída del recorrido, aunque sin mayores consecuencias, ya que iba preparado para caerme y, por tanto, a muy poca velocidad.. pero a partir de aquí continue a pié hasta que el firme mejoró un poco. Cuando el camino comenzaba a llanear, por un tramo en que apenas cabía la bici, un rebaño de vacas venía frente a mí en fila india,  a pocos metros de encontrarnos la primera se paró y  las demás se fueron apelotonando tras ella, por unos momentos nos miramos, ¿y ahora qué?.


Impacientes, empezaban a dispersarse por el monte, así que me bajé de la bici y me aparté para que pudiesen seguir… Estaba entrando en la hermosa aldea de Montefurado, con apenas media docena de casas.. Allí una vecina me indicó que hasta Grandas ya casi todo era bajada, excepto dos cuestinas, miedo me dio escucharle eso y no tardaría en saber que tenía motivos.













Pronto me ví de nuevo empujando la bici por una cuesta con muchísimas piedras sueltas. Y poco después llegué al cementerio de  Lago, en la parte baja del pueblo, muy baja. Más adelante llegó, por fin, un respiro y una zona tranquila con un bonito camino entre pinares, seguida de un descenso hasta Berducedo. Estaba empapado, incluidos los pies, y en una cafetería cogí un periódico viejo para metérmelo entre el cuerpo y la camiseta.

















El siguiente punto destacado es La Mesa, donde hay una bonita capilla, Santa María Magdalena, que da inicio a un ascenso de 1’5 km durísimo, a pesar del firme asfaltado, con una pendiente media superior al 12% y tramos que rondan el 15%. Esta es, sin duda, la segunda cuestina, ufff!!!

Una vez en la cima, se adivina que ya no pueden quedar muchas cuestinas; en principio se continúa por un tramo asfaltado que se abandona para seguir por un camino con un firme irregular pero desde donde se adivinan hermosas vistas según la niebla se va disipando, dando paso a un cielo cada vez más azul.















Pronto la pendiente se hace más pronunciada y al fondo se divisa una hermosa panorámica de las aguas embalsadas del río Navia, en Grandas de Salime. Se baja de 1.050 metros a 250.



Primero son 4 km  con una desnivel del 15% que hace que las manos se tensen sujetando el manillar y siempre tocando la maneta de los frenos, en uno de los tramos más hermosos de la parte asturiana.



Siguen después un par de kilómetros de un falso llano que permiten disfrutar tranquilamente del paisaje y de la bici y de nuevo otros 2 kilómetros de bajada con un desnivel del 10%. Y finalmente se llega al puente, pero todavía faltan 6 kilómetros de subida para llegar a Grandas, con una pendiente cercana al 6%, y de pronto aparece al fondo Jose, increíble: de nuevo 35 km a un ritmo constante de 5 km/h, independientemente de la dureza del terreno. Luego me confesaría que hace maratones y carreras de fondo; ya me empezaba a crear complejo, iba casi más rápido que yo… El ritmo de Jose me permitió acompañarlo unos minutos aún yendo en bici y eso, además de un descanso que se adivinaba próximo me ayudó a subir los últimos 6 km sin demasiado esfuerzo, a pesar de que por primera vez empezaba a notarse calor.
Grandas es un pueblo bonito, con mucho movimiento de peregrinos, presidido por la enorme iglesia del Salvador, cuyos orígenes datan del siglo XII.


Después de sentarme en una terraza con la ropa mojada por la lluvia colgada del manillar, a modo de improvisado tendedero, aprovechando que hacía bastante calor, me fuí a reponer fuerzas en el restaurante Areigada donde no faltó la  sidra con el correspondiente artilugio.


La recuperación se completó con una pequeña siesta a la sombra de unos carballos en el parque.

Una vez repuesto continué la ascensión al alto del Acebo, era poco más de las 3 de la tarde y, en principio, mi idea era llegar a Fonsagrada, a 27 km de distancia, pero me acababa de enterar que en Castro, una aldea a 5 km de distancia, había un albergue y poco a poco me iba haciendo a la idea de quedarme allí. Tenía entendido que el recorrido desde Fonsagrada era más sencillo y pensé que mejor dejar la etapa más larga para ese día. Los 2 últimos kilómetros son una delicia, un tramo totalmente llano entre carballos y pinos.


También el lugar en el que está el albergue es muy bonito, así que, decidido, aquí me quedo. Pero.. el albergue estaba completo, Jose, que había parado menos tiempo que yo en Grandas, y seguía a su ritmo, acababa de ocupar la última plaza. No tenía ganas de buscar otro sitio, por lo que le pregunté a la encargada del albergue si podría quedarme en la pequeña ermita que está justo al lado, a lo que respondió que no había ningún problema, pero no dentro, sino en el atrio (cubierto, eso sí). Y por 2 € me permitían usar una ducha. Hacía un bonito día, tenía una sábana-saco y me facilitaron una esterilla, así que decidí que dormiría allí.


Ya duchado, hecha la colada y con la ropa aireándose en el tendedero me enteré de que había una casa rural en la aldea, casa Ferreriro, y fui a verla. Era una bonita casa de aldea, recientemente reformada, con una gran sala con chimenea, lavadora, ordenador con acceso a internet y 4 habitaciones, 3 de ellas libres. La habitación era muy cómoda, calentita (y fuera comenzaba a refrescar) y tenía una hermosa ducha justo bajo una claraboya. Eran 30 € y no tardé mucho en decidirme y al momento trasladé mis cosas. 



Y aunque mi ropa ya estaba prácticamente seca, el baño incluso contaba con un secador de toallas. En el mismo edificio de la casa hay una pequeña tienda de productos asturianos con un aspecto buenísimo, como unos tomates de foto.




Me acerqué a ver el poblado celta de Chao de Sanmartín, a 500 m de la casa, y aunque estaba ya cerrado el acceso sí se puede ver una bonita perspectiva del mismo desde el centro de interpretación próximo. Como particularidad cuenta con las ruinas de una casa romana entre los restos celtas.


Cené en el albergue, el menú único, con la última botella de sidra, antes de pasar al día siguiente a Galicia.



Jueves, 23 de julio. Etapa 4: Castro - Lugo, 82 km (11 h)



El desayuno, 10 €, no estaba incluido en el precio, pero es un auténtico festín: un buen pan tostado, mantequilla, mermeladas, un buenísimo bizcocho, todo casero, huevos fritos, jamón, zumo de naranja recién exprimido…
A las 8 de la mañana estoy de nuevo en camino, entre la niebla, y poco a poco se van endureciendo los tramos de subida que se hacen cada vez más largos y en los 2 últimos kilómetros de nuevo tengo que bajar de la bici en más de una ocasión. Son 8 km de subida con una pendiente media próxima al 6% pero con varios repechos entre el 12% y el 15%. A cambio, al ganar altura la niebla va quedando abajo y de pronto me encuentro un día precioso con el cielo completamente azul y un mar de nubes a mis pies.




La visión es espectacular y aprovecho cada bajada de la bici para disfrutar de la panorámica. Una vez coronado el alto del Acebo, que supone la entrada en Galicia, llega un tramo de descenso bastante prolongado que permite disfrutar de la bici y del entorno. Aquí las vieiras de los mojones cambian de forma y ahora la parte más abierta es la que indica el camino a seguir, al contrario que en Asturias. En este tramo me vuelvo a encontrar con Jose, que cumple a rajatabla su promedio de 5 km/h, con el que camino un rato antes de dejarme llevar por una cuesta que me deja a los pies de Fonsagrada, pero todavía habría que exprimir los cambios para subir los 2 últimos kilómetros. El pueblo no tiene un atractivo especial, a diferencia del entorno en el que se encuentra. A unos 2 km  está el albergue por donde pasé antes de llegar a un brusco descenso por un precioso bosque de pinos y carballos.


La siguiente dificultad es el ascenso al alto de Montouto con un pequeño tramo a la altura de la aldea de Vilardongo que me resultó durísimo. Desde la cima se disfrutan unas preciosas vistas y allí se pueden visitar los restos de un antiguo hospital de peregrinos, fundado en el siglo XIV por Pedro I el Cruel y que funcionó hasta principios del siglo XX.


El descenso, más de 3 km con desnivel superior al 10%, es espectacular, metido de lleno en un precioso bosque, pero con raíces atravesadas y piedras sueltas que obligan nuevamente a extremar la precaución, yo me encontré un enorme socavón de lado a lado del camino y un pino atravesado, que afortunadamente pude evitar en ambos casos.


La cuesta termina en un agradable mesón en la aldea de Paradavella, punto de descanso para muchos peregrinos.


El encargado me advierte de la dureza de la subida al alto de Fontaneira, especialmente del primer tramo hasta A Lastra, a pesar de que hace poco que han arreglado el firme y ahora presenta un aspecto bastante compacto sin apenas piedras sueltas. Dudo si hacer la subida por carretera pero al llegar al desvío sin pensarlo me meto hacia el camino. Es un tramo con cierta dificultad pero desde luego no podía ser esto a lo que se refería el hombre del mesón. A Fontaneira está a una altitud de 925m, por eso cuando cruzo la carretera a 745m y empiezo a bajar hasta llegar a los 675m me temo lo peor. El entorno es precioso, especialmente al llegar al lugar de O Couto, apenas unas casas entre un enorme bosque de carballos y castaños con grandes praderías al fondo.




Y de pronto, ahí está, la terrible “costa do sapo” (cuesta del sapo), un cuesta de apenas 1 km, pero casi sin curvas, del tirón, con una pendiente media del 15% y repechos que rondan el 25%. Apenas pude hacer la tercera parte antes de bajarme de la bici y el resto tuve que hacerlo a tirones, frenando para que la bici no se me fuese hacia atrás, menos mal que casi no hay tramos sin sombra porque el calor empezaba a apretar. Una vez en la carretera un descenso de poco más de 500m permite recuperar el aliento y cuando ya había decidido completar la subida por carretera un peregrino me hace señas de que me he equivocado y de nuevo me veo exprimiendo los piñones al máximo para iniciar el segundo tramo de la subida, menos exigente, pero que también me obligará a poner pie a tierra en algún momento.

Siguen ahora algo más de 5 km de descenso casi ininterrumpido, la mayoría por pinares, que resultan sumamente relajantes. Paso sin pararme por el albergue de O Cádavo y al salir del pueblo no veo ningún mojón con la vieira ni flecha amarilla sino un cartel que de forma muy clara indica en gallego y castellano, con una gran flecha en medio, el camino que seguir, pero en color rojo. Esto me hace dudar por un momento de si se trataría de algún camino alternativo, puesto que era la primera flecha que veía que no fuese amarilla y le pregunto a un hombre que estaba al lado, el cual con un gesto me hace ver lo absurdo de mi pregunta y cuando le digo que me ha hecho dudar que no estuviese en color amarillo, visiblemente molesto se da la vuelta diciendo “fíxeno eu, non se pode facer nada!” (yo lo he hecho, pero no se puede hacer nada!).  Entiendo su malestar, quizás no tuviese pintura amarilla..

En teoría, se habían acabado las dificultades, pero todavía quedaba otro kilómetro con un repechó inicial del 18% que me echaría a tierra por última vez. Siguen otros dos kilómetros con una ligera subida y, por fin, 5 km de bajada entre preciosos pinares y carballeiras hasta llegar a Castroverde, pasando antes por la aldea de Vilabade, en donde destaca la majestuosa iglesia, que fue también monasterio franciscano en donde se atendía a los peregrinos, iniciada en el siglo XV aunque fue reformada en el XVII.


Eran casi las 3 de la tarde, una hora estupenda para tomar una cerveza bien fresca y comer. Casi inevitablemente acabas en el restaurante Pereira pero el comedor, oscuro y muy cargado por los humos de la cocina, haciendo un día tan luminoso, me desanimó y me senté en la terraza del otro restaurante del pueblo, con una carta muy pobre, que hizo que volviese al Pereira. A pesar del ambiente tan cargado, el menú del día resultó bastante decente.
Antes de irme me acerqué a ver la torre, un antiguo castillo del siglo XIV del que solo quedan en pie las ruinas de la antigua muralla y la torre del homenaje. 
Ya en camino hacia Lugo enseguida hay una fuente bajo un gran carballo, que me sirvió para echar una pequeña siesta antes de afrontar los últimos kilómetros.

Son 25 km que discurren por parajes realmente hermosos, en muchas ocasiones por preciosas corredoiras y sin ninguna dificultad destacable. Aunque la entrada por la parte baja de Lugo reserva otra pequeña sorpresa. Después de años viviendo allí y de ir cientos de veces todavía no sabía que había una parte tan tan baja…

Eran cerca de las 7 de la tarde y había hecho 82 km.


Viernes, 24 de julio. Etapa 5: Lugo - Friol, 25 km (2h)

Mi destino final no era Santiago sino Friol, una población entre Lugo y Santiago, a 80 km de esta última. Desde hace unos años se puede seguir una ruta que permite unir Lugo, en el camino primitivo con Sobrado dos Monxes, en el camino del norte, pasando por Friol, con la posibilidad de visitar el interesante y poco conocido monumento de Santalla de Bóveda. Son 25 km de Lugo a Friol y otros 25 de Friol a Sobrado por unos parajes preciosos, sin grandes dificultades, en su mayor parte siguiendo viejas corredoiras, pasando por pequeñas aldeas, en un recorrido que permite disfrutar de la auténtica Galicia rural del interior.

Puedes obtener más información sobre este recorrido, incluyendo el track para gps e indicaciones detalladas en el blog estradasecorredoiras.


El tramo de Lugo a Friol en bicicleta solamente presenta alguna dificultad a la salida de Lugo en la parte que discurre junto al río Mera, apenas 3 km, donde hay algunas pasarelas de madera que obligan a bajar de la bici en varias ocasiones debido a los escalones de acceso, y seguramente alguna vez más porque hay grandes piedras que casi no dejan espacio para pasar con la bici. De todas formas, la belleza de la zona compensa con creces las posibles dificultades que, en cualquier caso, no son nada comparadas con lo vivido a lo largo del camino primitivo.




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